Miró el cielo manchado de rojo, quizá para pedir perdón o para reírse de su verdugo. Sus lágrimas ya no eran agua, eran la sangre que brotaba de sus cuencas, su dolor me encantaba tanto que hubiese podido excitarme el hecho de verle sufrir unos minutos mas. -lastima, su pena no fue tanta- comento el verdugo, y yo con un gesto de decepción me encamine a desquitarme con el cuerpo ya inerte
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